John Hiatt y su combo ofrecieron una clase magistral de country–rock
jul 13th, 2012 | Por Digitalgroup.info | Categoría: Sociedad
ÁNGEL H. SOPENA El día del tijeretazo, John Hiatt y su combo ofrecieron una clase magistral de country–rock. Cierto que Hiatt no tiene el mismo tirón mediático que otros contemporáneos, pero sus cualidades emocionan, con esa especie de soul blanco de carretera y voz rasgada, y esos sencillos arreglos. Es un artista desgraciadamente poco conocido para la mayoría, que logra dejar su poderosa impronta en el corazón: John Hiatt es esa clase de músico. Grande, muy grande.
Cuando en los ochenta se dio a conocer como un adolescente rebelde de la new wave –con su marcado acento de Indiana–, y luego compuso elegantes álbumes de rock artesanal como Riding with the king, Bring the Family o Slow Turning, algunos se aventuraron a llamarle el «Elvis Costello norteamericano». Durante los noventa se le recordó más por su pertenencia al fallido supergrupo Little Village (junto a Nick Lowe, Ry Cooder y Jim Keltner) que por sus discos en solitario. En la última década no ha podido abandonar la segunda fila del negocio a pesar de disfrutar de una madurez exquisita, mezclando folk, country y rhythm and blues con un encanto que ya quisiera para sí, por ejemplo, el mismísimo Van Morrison.
Supervivencia y optimismo son dos palabras que se asocian a su música. Sin aspavientos ni grandes pretensiones, Hiatt puede presumir en la actualidad de ser un compositor con un universo muy particular, donde las declaraciones a media voz y las estampas costumbristas adquieren carácter casi místico. El músico de Indianápolis sabe cómo construir un buen recital que combine las raíces, el fondo emocional y el punto contagioso del rock’n'roll.
Su actuación colmó los deseos de sus hambrientos fans: un repertorio con lo más señalado de sus casi 40 años de carrera e interpretaciones esforzadas y perfiladas, sin sombras de rutina. Con sonido deslumbrante, R&B meticuloso y pulso de acero (ingredientes que avalan un éxito que incomprensiblemente –y van?– no llega).
Tejido con folk de carretera y baladas de soul blanco, marca de la casa Hiatt, este concierto parecía resumir la carrera y la vida, repleta de cicatrices, de este veterano músico, que sufrió el suicidio de su mujer, fue alcohólico durante años y padeció el menosprecio de la industria discográfica. Se respiraba un ambiente de ocasión especial del que Hiatt se percató cuando comenzaron a lloverle piropos desde la pista.
La irrupción de John Hiatt y su banda fue apoteósica: un público entregado y contento de verle por fin por estas tierras, en comunión con un artista en estado de gracia. Y es que la velada, salvando diferencias de tono, recordó la también gloriosa exhibición que brindó Chris Isaak. Con pinta de haber estado hurgando en el armario de Tom Waits (fedora de ala ancha y amplia chaqueta a juego), John Hiatt arrancó su concierto con Master of Disaster, su homenaje a Memphis, donde muestra una maravillosa paleta de sonidos con la que plasma bellos retazos impresionistas.
Las tres primeras canciones (Master of Disaster, Tennesee Plates –que algunos recordarán por la película Thelma and Louise, con ese pegadizo ritmo rockabilly a la manera del Working on the Highway de Springsteen– y Real Fine Love) demostraron la superclase de la banda. Encima, el repertorio fue en plan «lo mejor de…». Se notaba que lo estaba pasando en grande, incluso durante canciones serias como Cry Love, donde la mandolina y la guitarra dominaban más de lo necesario sobre su voz .
Hiatt, que es un formidable guitarrista, estuvo magnífico, y el Combo también estaba en óptima forma. El guitarrista/mandolinista Doug Lancio proporcionaba peso y brillantez al sonido, mientras que el batería Kenneth Blevins galopaba o se mecía sobre el ritmo.
Desde himnos imperecederos como Cry Love, interpretaciones increíblemente personales, vivas y únicas (Feels Like Rain, con el personal aguantando la respiración), gemas de sonido estratosférico como Real Fine Love, hasta llegar al sentimiento genuino de una voz única que te deja ya vencido ante la exhalante fragilidad de ese dulce y extrovertido gospel Have a Little Faith on me (esta vez sin piano), todo fue una prueba más de la maestría de Hiatt como intérprete y compositor. A esta última, una de las favoritas, le añadió consistencia y pasión, a pesar de haberla tocado cientos de veces, en un crescendo maravilloso que sirvió también para demostrar las habilidades de su guitarrista.
También tocó su éxito de finales de los 80 Slow Turning, hizo felices a sus fieles con Thing Called Love (un hit para Bonnie Raitt de hace un par de décadas) y desveló algunas canciones de su último álbum (Dirty Jeans and Mudslide Hymns), como Down Around My Place, inspirada por las inundaciones en su ciudad adoptiva, Nashville, y Adios to California.
Para terminar, el R&B pantanoso de Riding With The King, compuesta por él mismo pero inmortalizada por Eric Clapton y B.B. King en una de sus primeras colaboraciones, y a los que agradeció que la hubiesen tocado. Como cantaba Hiatt, el blues está vivo, y cuando lo agarra (o cualquier otro género) y lo pasa por su filtro se convierte en algo increíble, casi mágico. Una noche fantástica de música de raíces americanas. A la salida todos parecían un poco más felices.
La primera parte del programa fue protagonizada por el trío del pianista británico Frank Harrison, que acompañó la delicada voz de la cantante y actriz escocesa Alyth McCormack, considerada como la gran renovadora de la tradición del folk británico, y voz habitual de los Chieftains.
Harrison parece haber dado en el blanco con esta formación: el contrabajista siciliano David Petrocca (discípulo de Niels Henning Orsted Pedersen y miembro del actual grupo de Monty Alexander) y el bateria irlandès Stephen Keogh, uno de los percusionistas más renombrados de la escena actual, acompañante de maestros clásicos como Art Farmer, Charles McPherson o Peter King. Anda cerca de la perfección, y lo dejó claro en su concierto. Con gran naturalidad, casi sin proponérselo, Harrison demostró por qué es una de las promesas del jazz actual, uno de los mejores pianistas de las jóvenes generaciones. Petrocca y Keogh también son excelentes músicos. La empatía era asombrosa.
La impecable compenetración del trío estaba a la altura de las innovadoras e inspiradas improvisaciones de Harrison. ¡A este hombre nunca se le gasta la imaginación ni los acordes! Asimismo, a nadie se le ocurría pestañear durante los inventivos solos de bajo de Petrocca.
Especialmente notable fue escuchar a Harrison tocando con un nervio que en ocasiones bordea lo agresivo, mientras sigue subiendo la apuesta y empujando los límites. Una pura delicia, tanto en su vertiente más oscura como en la humorística, siempre que tenga carta blanca.
El recital pareció estar adaptado a las composiciones tradicionales que cantó con voz de ángel la intérprete escocesa. Una que conocemos por Loreena McKennitt, otra que te suena a la primera Sinead O´Connor. Queda la duda de lo que nos perdimos si el trío de Harrison hubiera actuado solo. Pero hubo momentos para recuperar al trío, incluso para escuchar sublimes versiones de Nick Drake (Three Hours from London), o Morricone (Once Upon a Time in America). Pero sus propios originales también son deliciosos, un puro sueño de mezcla, y aguantan perfectamente la comparación con los clásicos. Agradable aperitivo para lo que vendría después.


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