Santo Domingo, República Dominicana * Actualizado Thursday, 28 February, 2008 6:45 AM
 

Muerte Prudencio Aguilar en gallera causa de fundación de Macondo

Narra Gabriel García Márquez de José Arcadio Buendía y Úrsula que ´´aunque su matrimonio era previsible desde que vinieron al mundo, cuando ellos expresaron la voluntad de casarse sus propios parientes trataron de impedirlo. Tenían el temor de que aquellos saludables cabos de dos razas secularmente entrecruzadas pasaran por la vergüenza de engendrar iguanas.

José Arcadio Buendía, con la ligereza de sus diecinueve años, resolvió el problema con una sola frase: “No me importa tener cochinitos, siempre que puedan hablar.”

“Temiendo que el corpulento y voluntarioso marido la violara dormida, Ursula se ponía antes de acostarse un pantalón rudimentario que su madre le fabricó con lona de velero y reforzado con un sistema de correas entrecruzadas, que se cerraba por delante con una gruesa hebilla de hierro.

“Así estuvieron varios meses. Durante el día, el pastoreaba sus gallos de pelea y ella bordaba en bastidores con su madre. Durante la noche, forcejeaban varias horas con una ansiosa violencia que ya parecía un sustituto del acto de amor, hasta que la intuición popular olfateó que algo irregular estaba ocurriendo, y soltó el rumor de que Ursula seguía virgen un año después de casada, porque su marido era impotente. José Arcadio fue el último que conoció el rumor.

-Ya ves, Ursula, lo que anda diciendo la gente-le dijo a su mujer con mucha calma.
-Déjalos que hablen-dijo ella-. Nosotros sabemos que no es cierto.

De modo que la situación siguió igual por otros seis meses, hasta que el domingo trágico en que José Arcadio Buendía le ganó una pelea de gallos a Prudencia Aguiar. Furioso, exaltado por la sangre de su animal, el perdedor se apartó de José Arcadio Buendía para que toda la gallera pudiera oír lo que iba a decirle.

-Te felicito-gritó-. A ver si por ese gallo le hace el favor a tu mujer.

José Arcadio Buendía, sereno, recogió su gallo. “Vuelto en seguido”, dijo a todos. Y luego, a Prudencia Aguilar: “Y tú, anda a tu casa ármate, por te voy a matar.

Diez minutos después volvió con la lanza cebada de su abuelo. En la puerta de la gallera, donde se había concentra medio pueblo, Prudencio Aguilar lo esperaba. No tuvo tiempo de defenderse. La lanza de José Arcadio Buendía, arrojada con la fuerza de un toro y con la misma dirección certera con que el primer Aureliano Buendía exterminó a los tigres de la región, le atravesó la garganta.

Esa noche, mientras se velaba el cadáver en la gallera, José Arcadio Buendía entró en el dormitorio cuando su mujer se estaba poniendo el pantalón de castidad. Blandiendo la lanza frente ella, le ordenó “Quítate eso”. Ursula no puso en duda la decisión de su Mario. “Tú serás responsable de lo que pase”, murmuró. José Arcadio Buendía clavó la lanza en el piso de tierra.

-Si has de parir iguanas, criaremos iguanas-dijo-. Pero no habrá más muertos en este pueblo por culpa tuya.

Como el alma de Aguilar Prudencio no alcanzaba la paz, el muerto le salía a Ursula en todos los lugares de la casa, por lo que “José Arcadio Buendía enterró la lanza en el patio y degolló uno tras otro sus magníficos gallos de pelea”, y dijo ­Está bien, Prudencio…Nos iremos de este pueblo, lo más lejos que podamos, y no regresaremos jamás. Ahora vete tranquilo.

José Arcadio Buendía , Ursula y varios amigos de él que desmantelaron sus casas cargaron sus mujeres y sus hijos “hacia la tierra que nadie le había prometido a fundar Macondo, “..una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.

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