Muerte
Prudencio Aguilar en gallera causa de fundación de Macondo
Narra Gabriel
García Márquez de José Arcadio Buendía y Úrsula que ´´aunque su
matrimonio era previsible desde que vinieron al mundo, cuando
ellos expresaron la voluntad de casarse sus propios parientes
trataron de impedirlo. Tenían el temor de que aquellos saludables
cabos de dos razas secularmente entrecruzadas pasaran por la vergüenza
de engendrar iguanas.
José Arcadio
Buendía, con la ligereza de sus diecinueve años, resolvió el problema
con una sola frase: “No me importa tener cochinitos, siempre que
puedan hablar.”
“Temiendo
que el corpulento y voluntarioso marido la violara dormida, Ursula
se ponía antes de acostarse un pantalón rudimentario que su madre
le fabricó con lona de velero y reforzado con un sistema de correas
entrecruzadas, que se cerraba por delante con una gruesa hebilla
de hierro.
“Así estuvieron
varios meses. Durante el día, el pastoreaba sus gallos de pelea
y ella bordaba en bastidores con su madre. Durante la noche, forcejeaban
varias horas con una ansiosa violencia que ya parecía un sustituto
del acto de amor, hasta que la intuición popular olfateó que algo
irregular estaba ocurriendo, y soltó el rumor de que Ursula seguía
virgen un año después de casada, porque su marido era impotente.
José Arcadio fue el último que conoció el rumor.
-Ya ves, Ursula,
lo que anda diciendo la gente-le dijo a su mujer con mucha calma.
-Déjalos que hablen-dijo ella-. Nosotros sabemos que no es cierto.
De modo que
la situación siguió igual por otros seis meses, hasta que el domingo
trágico en que José Arcadio Buendía le ganó una pelea de gallos
a Prudencia Aguiar. Furioso, exaltado por la sangre de su animal,
el perdedor se apartó de José Arcadio Buendía para que toda la
gallera pudiera oír lo que iba a decirle.
-Te felicito-gritó-.
A ver si por ese gallo le hace el favor a tu mujer.
José Arcadio
Buendía, sereno, recogió su gallo. “Vuelto en seguido”, dijo a
todos. Y luego, a Prudencia Aguilar: “Y tú, anda a tu casa ármate,
por te voy a matar.
Diez minutos
después volvió con la lanza cebada de su abuelo. En la puerta
de la gallera, donde se había concentra medio pueblo, Prudencio
Aguilar lo esperaba. No tuvo tiempo de defenderse. La lanza de
José Arcadio Buendía, arrojada con la fuerza de un toro y con
la misma dirección certera con que el primer Aureliano Buendía
exterminó a los tigres de la región, le atravesó la garganta.
Esa noche,
mientras se velaba el cadáver en la gallera, José Arcadio Buendía
entró en el dormitorio cuando su mujer se estaba poniendo el pantalón
de castidad. Blandiendo la lanza frente ella, le ordenó “Quítate
eso”. Ursula no puso en duda la decisión de su Mario. “Tú serás
responsable de lo que pase”, murmuró. José Arcadio Buendía clavó
la lanza en el piso de tierra.
-Si has de
parir iguanas, criaremos iguanas-dijo-. Pero no habrá más muertos
en este pueblo por culpa tuya.
Como el alma
de Aguilar Prudencio no alcanzaba la paz, el muerto le salía a
Ursula en todos los lugares de la casa, por lo que “José Arcadio
Buendía enterró la lanza en el patio y degolló uno tras otro sus
magníficos gallos de pelea”, y dijo Está bien, Prudencio…Nos
iremos de este pueblo, lo más lejos que podamos, y no regresaremos
jamás. Ahora vete tranquilo.
José Arcadio
Buendía , Ursula y varios amigos de él que desmantelaron sus casas
cargaron sus mujeres y sus hijos “hacia la tierra que nadie le
había prometido a fundar Macondo, “..una aldea de veinte casas
de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas
diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas,
blancas y enormes como huevos prehistóricos.
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